El doctor "Farlo-Paco" estaba ansioso, la gran noche se avecinaba sin disimulo y todo estaba a punto. Los nervios casi no le dejaban ser persona, llevaba muchos meses obsesionado con su gran invento. Iba a clonar a Igor Stravinsky...
Una noche se quedó dormido escuchando "La consagración de la Primavera", oyó la voz de Igor por encima de su sueño, le exponía con angustia su deseo de resucitar su ser pues le había quedado por plasmar en papel pautado unas ideas que él entendía revolucionarias en la evolución de la música. El doctor se despertó exaltado, sudaba tinta de calamar, le resbalaba hasta el pene y formaba laberintos negros entre sus abundantes pelos. Su bigote estirado y con punta hacia arriba se había despertado despeinado de forma grotesca, había sido alcanzado por una eyaculación de escabeche que él mismo había procurado sin darse cuenta. Era algo demasiado insólito y surrealista como para no ser realmente original, en el techo colgaban berenjenas y la cama estaba llena de almíbar de manzana.
- ¡Me cago en el quinto centenario del descubrimiento de América! - Gritó con descontrol. Se levantó anodadado y desnudo se dirigió como cada mañana a pensar a su maceta, se sentaba todos los días en ella y en un ambiente oscuro procedía a defecar, era un tipo único. A cada momento cortaba el silencio con una frase sin aparente sentido:
- ¡La guarra de las galaxias! - Estaba un poco ido. Sabía que esa noche había ocurrido algo increíble y tenía que responder con toda su sabiduría científica, era un auténtico genio.
El obeso doctor pasado unos meses tenía lista su "máquina de clonar a Igor Stravinsky" como él mismo llamaba. Dentro de unas horas, entrada la noche, haría funcionar toda le enrevesada maquinaria.
Era el momento y se vistió para la ocasión, llevaba un pantalón largo de cuero de color marrón oscuro y una camisa de rayas amarillas y blancas adornada con una pajarita plateada a juego con sus zapatos de charol. Dijo unas palabras al aire antes de pulsar el botón creativo:
- Si tuviera dinero, me compraría un monedero. ¡Tengo hambre!. ¡Comer!. ¡Comida!. ¡Hambre!. No se dan cuenta de nada, ¡sus ondas me petan!. Igor, ¡Sálvanos!. ¡Por favor!. ¡Sálvanos! - Sin pensarlo pulsó, e increiblemente, tras el humo salió de esa enorme caja mortuoria el señor ¡Igor Stravinsky!.
- ¡Chocolate! ¡Quiero chocolate! - Fueron las primeras sorprendentes palabras de la clonación.
- ¡Igor! ¿Chocolate? ¡No tengo chocolate! ¡Sólo me queda alguna lata de atún y con suerte algo de mermelada!
- ¡Chocolate! ¡Quiero chocolate! - Insistió.
- ¡Igor! ¡Me pones en un compromiso! ¡Soy tu creador! ¡Tienes que componer esa obra! ¿Te acuerdas?
- ¡Chocolate! ¡Quiero chocolate! - Repitió.
- ¿Chocolate?, ¿cómo puedes pedir chocolate de esa forma? Estás mirando al vacío, tienes las pupilas muy juntas, casi se pegan a tu nariz, ¡estás visco! ¿y me pides chocolate?.
- ¡Chocolate! ¡Quiero chocolate! - Mirando al vacío...
- ¡Maldita sea! ¡Tu onda me peta! - El doctor muy enfadado cogió una pistola Glock y apuntando a los ojos de Igor exclamó con tesón:
- ¡Larga vida al sol! - disparó y acabó con su creación.
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